Liubba El Hadi

La mentira en política es insoportable. Pero lo es más si cabe cuando se observan patrones de mentiras destinados, explícitamente, a fomentar el odio.

La semana empezaba mal. Los titulares del lunes informaban de la aplastante victoria de Donald Trump en Iowa por mayoría absoluta (51%). Una victoria que debía mucho a un tipo de discurso asqueroso por falso, insidioso y venenoso. De fascista lo tratan algunos medios americanos. Lean y juzguen, transcribo :  los inmigrantes envenan la sangre de nuestro país. (Los inmigrantes) «vienen de prisiones y cárceles. Vienen de todas partes. Vienen de países de los que la mayoría de la gente nunca ha oído hablar. Y vienen de instituciones mentales y manicomios, los están vaciando en nuestro país. Y los terroristas, muchos terroristas están entrando».
 
Dos días después, la Presidenta de mi Comunidad Autónoma, Madrid, relacionaba impunemente los 1.200 inmigrantes llegados a un centro de acogida en Alcalá de Henares, con reyertas, un brote de sarna y delitos de agresión sexual a mujeres del municipio. La proximidad de ambos discursos en tiempo y contenido es escalofriante. Los mensajes de la señora Ayuso prefiguran un extranjero violento, sucio y peligroso. Y lo hace sin ninguna información veraz que los respalde. Lo hace, y se desdice luego, al día siguiente. Qué más da. El daño ya está hecho, la semilla del rechazo plantada en las cabezas de al menos 180.000 vecinos presentes. “Es normal que los españoles no nos quieran”, decía la vieja madre de una compañera de origen peruano a su hija, les estamos “invadiendo”. Discursos identitarios que nos fracturan como sociedad en un intento de organización ficticia entre españoles, menos españoles, y nada españoles. Como una ilusión de falsa de pertenencia a un bando que nos rompe por dentro a los que vivimos en el dilema de una historia personal multisecular. Que el inmigrante, el otro, se convierta en la causa de todos nuestros males es un recurso político desde siempre usado. La gravedad hoy es su magnitud, en tiempo y en espacio. La rapidez exponencial de transmisión de la mentira que se expande cual cáncer por redes y medios de comunicación, impregnando de odio y desconfianza un número cada vez mayor de individuos. A través del globo se comprueba el rédito electoral del populismo mentiroso, se ensaya el discurso de la emoción patriótica y se alcanza de un plumazo el poder sin más mérito que el de la performance del gran showman. El uso irresponsable de la palabra se extiende sin límites poniendo en peligro los propios cimientos de la democracia. En su obra “La mentira en política”, Hannah Arendt defiende “el derecho a una información de los hechos no manipulada, sin el cual la libertad de opinión se convierte en una burla cruel”. Hannah hablaba del cuarto poder, de los medios de comunicación y de los pentagon papers. Lejos habían quedado el auge del proteccionismo nacionalista de principios del siglo XX, y los tiempos de la falacia y la mentira desacomplejada del período de entreguerras. Arendt nos habla desde la base de unos derechos fundamentales entendidos como punto de partida. El derecho a la verdad. No una verdad como sugerencia de buenas prácticas, sino una exigencia moral cargada de un fuerte carácter pragmático. Y me pregunto: ¿la libertad de opinión sobre la que se sustenta nuestro voto en la actualidad se ha convertido entonces en una burla cruel? 2024 será el año en el que más ciudadanos del planeta sean convocados a las urnas. Y probablemente el mapa que se pinte tras dichos comicios sea el de un mundo más autoritario y con menos libertades individuales. Votar es condición necesaria para la democracia, pero no suficiente. El lema del foro de Davos de este año es “reconstruir la confianza”. Porque está perdida, porque ya no creemos en nada ni en nadie. Nuestra intuición nos dice (nos grita) que en el centro de la vorágine de las crisis económicas, socio-tecnológicas y medioambientales que se suceden, se halla la versión más irresponsable y egoísta del ser humano. Hemos dejado que sea éste quien tome las riendas y se haga con el poder, dejando a su paso una estela de temor, escepticismo e inseguridad. De ahí nuestra obsesión por las películas de héroes (creo que van por la 25 de Avengers), añoramos un héroe que nos salve del “hombre malo”. Porque la mentira política es sólo una mentira más, dentro un entramado mayor y más complejo, una especie de mentira global, de show de Truman. ¿Quién es responsable de los despidos tras la caída de Grifols? ¿Quién de los ecosistemas destruidos por los pellets en Galicia? ¿Quién de las muertes de niños en Gaza? Quizás lo seamos todos nosotros, con cada micro-acto egoísta o irresponsable. Toda vez que miramos a otro lado, aceptamos la media verdad, lo injusto, lo falso, estamos dando poder a ese hombre malo.   Feliz año.

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Por Liubba El Hadi, Ingeniera de telecomunicaciones

 

 

 

Por psoech

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