Este año hay elecciones en 76 países. Además se elegirá un nuevo Parlamento Europeo. El año electoral será decisivo para el futuro no solo por la gran cantidad de países que entran en el juego electoral, sino también por las opciones que se ventilan y que tienen que ver con dos cuestiones importantísimas.
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Por Adolfo Piñedo Simal

La primera es cuál será el nuevo orden mundial que el declive de la potencia norteamericana, única potencia global que quedó tras el desmantelamiento de la URSS, pone sobre el tapete. El acuerdo China – Rusia subraya el rechazo a un mundo unipolar que, efectivamente, está desapareciendo. El nuevo orden será multipolar o no será. El peligro es que el nuevo orden se defina por medio de la guerra como ha ocurrido antes. De hecho, las guerras de Ucrania y de Gaza algo tiene que ver con la redistribución del poder regional en extensas áreas del planeta. En el plano global, destaca la rivalidad entre EE UU y China que se mantiene en el terreno económico, de momento y que se sustancia en la búsqueda de influencia en el resto del mundo.

La segunda gran cuestión es cuál será el paradigma económico que sustituya al neoliberalismo, cuyo final se puede establecer en 2008. El asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, es quien con más solvencia ha levantado acta de defunción del neoliberalismo. La promesa de que los mercados traerían prosperidad para todos se ha demostrado falsa porque los frutos del crecimiento económico han ido a parar a una exigua minoría mientras que una buena porción de la población no ha mejorado y otra nada desdeñable ha retrocedido. La consecuencia es un malestar social visible en muchos países. Los mercados libres no han dado estabilidad, sino exactamente lo contrario, como se ha visto en 2008. El desarrollo ha sido muy desigual: ciertos sectores, notablemente el sector financiero, han crecido hasta la hipertrofia y otros han retrocedido, el industrial, por ejemplo, generando problemas en la cadena de suministros y en la enorme dependencia de productos clave. Con ese argumento, el gobierno de Biden se ha embarcado en una nueva política industrial que se sitúa en las antípodas de las doctrinas neoliberales. En Europa las políticas en relación a la crisis covid y a las consecuencias de la guerra de Ucrania, son radicalmente distintas a las que se adoptaron frente a la crisis de 2008.

Lagarde lo expresa diciendo que nos adentramos en un mundo desconocido, pero lo único seguro es que el mundo no regresará a la normalidad anterior. Algunos hablan de la necesidad de un nuevo “consenso de Washington”, en el que el sector público debe jugar un papel más importante en la dirección de los asuntos económicos. Hay quien aboga por un nuevo keynesianismo. Todo ello abunda en la idea de la necesidad de un nuevo paradigma económico que está por definir.

Pero no todos comparten esa idea. Algunos quieren responder a la crisis del neoliberalismo con una especie de ultra liberalismo. En la medicina medieval, la sangría del paciente era una práctica corriente. Cuando el paciente no respondía al tratamiento se solía aplicar otra sangría aún mayor que, muchas veces, conducía a la muerte. Algo así parecen pensar los ultra liberales en relación al neoliberalismo: que ha fracasado por falta de contundencia. Con la parábola de la motosierra, Milei promueve la política de podar el Estado y sacarlo del ámbito económico. El grito de “libertad, carajo” significa exactamente mercados libres de cualquier regulación o cualquier directriz del estado. No creo que sea capaz de aplicar todo lo que predica, pero será interesante ver las consecuencias del experimento.

A los nostálgicos del neoliberalismo y a los nuevos ultraliberales, convendría señalarles que el capitalismo más exitoso en los años en que el neoliberalismo ha sido la norma, ha sido el capitalismo chino, uno de cuyos rasgos esenciales es el papel central del Estado en la dirección de la economía, lo contrario de lo que predica el ultraliberalismo.

En el plano político, el fenómeno más novedoso es la irrupción de una gran oleada reaccionaria y nacionalista. Se puede calificar de extrema derecha, de neofascismo, de derecha alternativa o como se quiera, pero lo cierto es que durante mucho tiempo, desde el final de la Guerra Mundial, para ser exactos, la extrema derecha venía siendo marginal y ahora son partidos gobernantes o cercanos a gobernar. En España, sin ir más lejos, hemos estado en un tris de ver a Vox en el gobierno, después de varias décadas en que ha sido marginal.

Muchos no parecen darse por enterados del peligro de la extrema derecha o no le restan importancia. Pero hay otros muchos otros que ven el peligro y lo temen. Baste mencionar las manifestaciones en Alemania para protestar por el ascenso de la extrema derecha que, según encuestas, se espera tenga un gran resultado electoral. En EE UU, las encuestas dicen que Trump puede ganar las presidenciales. El peligro de una extrema derecha emergente es bien real en Occidente. Y esto puede tener efectos sobre la democracia y sobre el debate económico.

En esta parte del mundo afecta a la estructura misma de la UE. Meloni anima a Vox a ganar las elecciones europeas para “cambiar el rumbo de la UE”. La UE se ha construido y ha venido funcionando sobre la base de un consenso entre conservadores, liberales y socialistas. Lo que está en juego en las próxima elecciones es si se sustituye ese consenso por otro entre conservadores y extrema derecha. El plan, nada oculto, de la extrema derecha es poner en marcha un proceso de renacionalización de las políticas europeas recuperando soberanía nacional cedida, en parte, a Bruselas.

A este respecto, es útil analizar las consecuencias de esa política de “recuperación de la soberanía nacional” en el único país donde se ha puesto en práctica, el Reino Unido. Ni una sola de las promesas que anunciaron los “brexisters” se ha hecho realidad, tal y como han reconocido los promotores de aquella idea. Numerosos estudios detallan que el Brexit ha sido un golpe en términos de crecimiento económico y de empleo, dejando muy claro que al RU le va peor fuera de la UE. El Brexit les ha costado un pico a los británicos.

Ante las elecciones europeas, el estado de la derecha europea se puede definir como de radicalización, tanto por el surgimiento de partidos nacionalistas reaccionarios como por la evolución de los partidos tradicionales que, llevados por la necesidad de competir con aquellos, adoptan muchos de sus planteamientos.

No ocurre lo mismo en la izquierda. Tan solo en Grecia y en España han llegado al gobierno formaciones “a la izquierda de la socialdemocracia” y ha sido un paso efímero. Por lo demás, la socialdemocracia tradicional sigue su ya largo declive, quizás con la excepción ibérica. Es esta situación de la izquierda lo que hace más preocupante la oleada reaccionaria que sufrimos porque en muchos países la izquierda es el muro de contención contra la oleada reaccionaria. Ojalá que las elecciones europeas digan otra cosa.

Lo más importante, con mucha diferencia, son, evidentemente, las elecciones norteamericanas. Volveré sobre esto.

Por psoech

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