Los ciudadanos no pueden permitirse la ingenuidad de pensar que la democracia es un sistema sólido e inquebrantable. La historia demuestra que puede desmoronarse con una rapidez aterradora si se permite que el poder político controle la información.

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“La libertad no es un regalo que se recibe de los demás, sino un derecho que se conquista cada día”.

Albert Camus

El cierre de La Voz de América por decisión de Donald Trump es un acontecimiento que va más allá de la clausura de un medio de comunicación. No es un simple cambio en la estrategia informativa de un gobierno, sino un síntoma de algo más grave: la consolidación de una política que pretende redefinir la libertad de prensa según criterios ideológicos.

Se suma a una larga lista de ataques a los medios desde el poder, perpetrados en nombre de una supuesta “limpieza” o “corrección” del discurso público.

El problema no es solo lo que ocurre en Estados Unidos. El hecho de que una democracia consolidada como la estadounidense permita queun presidente convierta los medios en armas partidistas —silenciando los que le incomodan y favoreciendo los que le son afines— envía un nuevo mensaje peligroso al mundo entero. Lo mismo ocurre con la advertencia lanzada por el presidente de El País, que denuncia tentaciones de injerencia estatal en los medios en España. Estamos ante una tendencia alarmante: el poder político, sea del signo que sea, intenta apropiarse de la narrativa pública, ya no mediante la censura tradicional, sino a través de estrategias más sofisticadas de control, incluso financiero.

La democracia es demasiado joven y frágil como para que se juegue con sus fundamentos. Y uno de esos fundamentos es la independencia de los medios de comunicación. No son bellas palabras, es parte del ser de la democracia.

A Georges Braque se le atribuye la frase: La verdad existe. Solo la mentira se inventa. La hostilidad de Donald Trump hacia la verdad y con ello a la prensa que puede discrepar de él gran poderoso no es nueva. Durante su presidencia (2017-2021), etiquetó a los medios críticos como “enemigos del pueblo”, promovió, como es sabido, una agresiva estrategia de desinformación y alentó teorías de conspiración para desacreditar cualquier información que no le favoreciera. Su regreso al poder ha traído consigo una escalada aún más preocupante: la intervención directa en la estructura mediática para imponer su visión.

El cierre de La Voz de América no puede verse como una medida aislada. Es un capítulo más en su empeño por moldear el ecosistema informativo a su antojo. Si en su primer mandato apostó por erosionar la credibilidad de los medios tradicionales, ahora da un paso más: eliminarlos o domesticarlos. La estrategia es clara: solo deben existir las voces que encajan en su narrativa. Lo demás es desechable.

El problema no es solo Trump. Su actitud refleja una corriente más amplia de gobernantes que consideran que la prensa es legítima solo si les es favorable. Lo hemos visto en América Latina, en Europa e incluso en España, donde las presiones sobre los medios —desde gobiernos de distintos signos— buscan condicionar su línea editorial y mucho más (el Presidente de El País lo recuerda en su escrito). Tampoco es casualidad que el presidente de El País haya publicado su carta precisamente ahora. Sabe que el riesgo es real.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que muchos de los que claman por la “democratización” de la información en realidad buscan controlarla. Se presentan como defensores del pluralismo, pero en la práctica buscan imponer una verdad única, suya. Y el problema no es solo de la derecha trumpista; también ocurre en sectores de izquierda que han promovido iniciativas de “supervisión” de la prensa bajo el pretexto de combatir la desinformación. A veces la ciega pasión nos impide escuchar nuestras propias palabras.

La democracia no consiste en que cada gobierno cree su propio aparato mediático para reescribir la realidad. Consiste en aceptar que la prensa tiene que ser incómoda, tiene que ser como quiere hacer gala este medio, discrepante de todas las verdades absolutas. No se trata de que los medios sean “neutrales” (porque la neutralidad absoluta es imposible), sino de que sean libres para fiscalizar al poder sin miedo a represalias políticas o económicas.

Cuando un gobierno decide que determinados medios “ya no son necesarios”, lo que está diciendo es que prefiere una sociedad sin voces disidentes. Y eso es el primer paso hacia un modelo donde la información deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio concedido por el poder.

Europa y España no son ajenas a esta dinámica. La advertencia del presidente de El País llega en un momento en el que los medios de comunicación están en el centro de una batalla por el relato en todo el continente, aunque en España se viva con mayor crudeza. No es un secreto que ciertos sectores políticos sueñan con domesticar a la prensa. Y si bien no estamos ante un escenario de censura directa, sí vemos mecanismos de presión más sutiles: la distribución arbitraria de publicidad institucional, la manipulación del acceso a las diferentes fuentes gubernamentales, el uso de empresas públicas como instrumentos de control informativo.

Esto no es nuevo, pero el riesgo es que se normalice. Que se dé por hecho que la prensa debe “alinearse” con el poder de turno el de nuestras preferencias, y que se considere legítimo castigar a los medios incómodos. En el momento en que la independencia de los medios se convierta en un bien negociable, la democracia habrá cruzado una línea peligrosa.

Lo que está en juego no es solo el destino de La Voz de América o la independencia de El País. No. Es la esencia misma de la democracia. Cuando un líder decide que los medios solo pueden existir si sirven a su causa, está sentando un precedente que, tarde o temprano, alguien más utilizará en su contra.

Los ciudadanos no pueden permitirse la ingenuidad de pensar que la democracia es un sistema sólido e inquebrantable. La historia demuestra que puede desmoronarse con una rapidez aterradora si se permite que el poder político controle la información. Y eso no depende solo de Trump o de cualquier líder concreto; depende de la voluntad de las sociedades para defender la libertad de prensa como un principio irrenunciable.

En La Discrepancia, asumimos ese compromiso desde nuestros inicios. Porque sabemos que la prensa libre no es un capricho, sino la última barrera entre la democracia y la arbitrariedad.

Por psoech

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