PERFOMANCE
Fernando Savater, un aficionado a los hipódromos de todo el mundo, escribió en la revista “Triunfo” su inolvidable artículo “La carrera eterna”, en el que venía a decir que, vista aquella carrera, tan sorprendentemente bella, ya no quedaba más expectativa que la nostalgia de saber que en la vida sería imposible ver nada igual.

LA CARRERA ETERNA.
Soy un gran aficionado a las carreras de caballos. En el verano de 1981 , Lidia, mi mujer, y yo decidimos pasar una semana en S. Sebastián y aprovechamos para ir a las carreras de la Copa de Oro en su elegante hipódromo. Allí tuve la suerte de ver una victoria histórica de “Carnaval”, el último hijo del mítico caballo “Caporal”, que dio la gran sorpresa, se pagó 14 a 1, venciendo a los favoritos de las cuadras Rosales y Mendoza. Manolo García recogió el trofeo de manos del Lehendakari, Carlos Garaikoetxea.
Fernando Savater, un aficionado a los hipódromos de todo el mundo, escribió en la revista “Triunfo” su inolvidable artículo “La carrera eterna”, en el que venía a decir que, vista aquella carrera, tan sorprendentemente bella, ya no quedaba más expectativa que la nostalgia de saber que en la vida sería imposible ver nada igual.
Esa sensación de plenitud ya la había vivido yo en la famosa faena de Curro Romero, en una tarde de lluvia intensa en la plaza de toros de Las Ventas, el 24 de mayo de 1973. La muleta empapada en la mano izquierda pasándose al toro con una lentitud que detenía el tiempo, el torero descalzo clavando los pies en el barro, el olé inmenso de la plaza rompiendo el silencio del instante mágico, “ la faena eterna” escribió Joaquín Vidal , el crítico taurino de “El País”. Imposible olvidar aquellos naturales. De nuevo la sensación de nostalgia. Visto aquello, cualquier corrida de toros posterior sería decepcionante. Hasta que llegó Morante de la Puebla muchos años después y la templanza de su muleta barroca volvió a elevarme a los cielos. La faena eterna volvió a repetirse. Adiós a la nostalgia. Siempre es posible la esperanza.
Curro Romero, el exquisito artista sevillano, al que algunos ignorantes le acusaban de ser poco valiente, porque dejaba muchos toros sin faena. Nunca comprendieron aquel testimonio suyo en el que afirmaba que ” sólo los toros bravos merecen una buena faena”. Cuando en aquella tarde lluviosa, con la plaza llenas de charcos, salió aquel toro astifino, muchos pensaron que Curro iba a recurrir a quitárselo de encima pronto y de mala manera, pero el toro era bravo, embestía, nada le importó a Curro la monumental cornamenta del morlaco, había que dedicarse a fondo y sacarle el tesoro que llevaba dentro. Así era Curro Romero. Él lo decía: “ Si el toro no tiene arte, no vale la pena arriesgarse. Yo no soy un obrero de la lidia, sólo me interesa el arte”.
Todos estos recuerdos me vinieron de golpe con la película de José Luis Garci “El crack cero” (2019) , cuando el jefe de policía describe el gol de Ramón Marsal del Real Madrid al Athetic de Bilbao, del 17 de noviembre de 1957. Se llamó “ el gol del minuto largo”, exagerando el tiempo que estuvo regateando rivales, incluido al gran portero Carmelo, hasta que marcó empujando suavemente el balón a puerta vacía. Garci lo llama, a través del policía, “ el gol eterno”. De nuevo se detuvo el tiempo, el minuto se hizo eterno.
También la película de Garci me recordó aquellos combates de boxeo en el campo del Gas, “el gasómetro”, donde en mi época universitaria descubrí aquellos personajes con puro en la boca y camisa negra, sentados en primera fila, normalmente mayores y siempre acompañados de jóvenes rubias oxigenadas de enormes curvas y faldas cortas. El boxeo un icono de Garci. El mundo decadente de jóvenes tratando de salir de la miseria a puñetazos, condenados a ser juguetes rotos después de conocer la gloria como Paulino Uzcudun, Pedro Carrasco, José Legrá, Perico Fernández y José Manuel Urtain.